Memorial y poesía en la obra de Gustavo Gac-Artigas. A propósito de Si lo hubiera sabido. Por Reynaldo Lacámara

La experiencia global del ser humano, en cuanto desafío y proyecto, está marcada por la pulsión existencial entre el horizonte de lo anhelado y la experiencia cotidiana de contingencia, que lo habita y lo condiciona.

Somos transeúntes de aquel espacio mayor: la historia individual y colectiva, que nos convoca y nos cuestiona en nuestra vivencia cotidiana, más allá de imaginarios metafísicos u horizontes metahistóricos. En cada uno de los ámbitos de la existencia esta tensión nos moviliza, en orden a generar y habitar paisajes diferentes vinculados a lo humano en sus expresiones más profundas y vivificantes.

En este paisaje mayor la búsqueda poética y la autoconciencia de todo creador, anhelan trascender la estética particular o encapsulada, para revelarse como cuestionamiento, propuesta y desafío colectivo.

De este modo, es cómo la poesía logra descubrir y tocar aquellas fibras adormecidas del transeúnte de nuestros días, cuya sombra adorna los atardeceres en tantas ciudades del mundo, y se alza ante el paisaje con aquella violenta ternura propia de lo inconcluso y desafiante.

Esta suerte de epifanía es la que permite a la poesía operar como una verdadera revelación profana, en el camino y el horizonte de las cosas que se alzan ante el sujeto, muchas veces indefinidas, otras tantas como bosquejos o simples siluetas…

lo sé
el verso se supone cura, alivia el alma,
supera el dolor,
pero hay veces en que el verso se desangra,
sufre,
tiempos en que la infamia es tan grande que
lo alcanza y el poeta no puede callar…

Así nos advierte Gac-Artigas desde el inicio de esta nueva gran obra, Si lo hubiese sabido… que hoy presentamos, ciertos de que en ella no solo navegaremos por las llanuras, abismos y sinuosidades a las que el autor nos suele conducir en cada una de sus propuestas poéticas.

En esta ocasión estamos ante textos para ser leídos y transitados con la mirada atenta del pionero, pero también con el teorema de un largo viaje, colmado de vida y asombro. Es aquella zona de pasión humana y por lo mismo literaria, en la que nos podremos reconocer y también habitar, como quien en medio de las horas, aún encuentra tiempo y cobijo para el otro.

En esa zona literaria y riesgosa por definición es que estas páginas reivindican para sí la posibilidad de otorgarnos una experiencia no solo estética, sino por sobre todo profundamente humana, por medio de la cual somos capaces de experimentar el asombro como parte y equipaje, de nuestra propia identidad. Es la latencia de este tono poético, que tan bien refleja y recrea en su conjunto y en cada uno de sus siete Cantos, la que desnuda ante nosotros la Historia del siglo XX, y la despliega a modo de sinopsis, herida y doliente, así lo canta el autor:

a ti, lector,
te invito a viajar por este mapamundi del horror
a ti,
inmolado,
perdóname por sacarte del olvido
a ti,
mi hermano, dame tu fuerza
yo te entrego mi pluma
antes de caminar hacia el olvido
yo, tú, nosotros…

En medio de esta travesía, el poeta apuesta por la vigencia de lo humano como código y brújula de todo aquello que se alza por sobre lo cotidiano, para unir su mirada a la de aquellos que han permitido sostener la esperanza y la artesanía de un mundo nuevo y urgente.

En esta suerte de viaje iniciático, la poesía revela, denuncia, pero también extiende ante nosotros la alquimia generosa de la palabra, ante el crepúsculo de todos aquellos megarrelatos que, de alguna u otra forma, han moldeado lo que somos y en algunos casos, lo que aún soñamos.

“El poeta no puede callar”, se nos advierte al inicio de este viaje y de estos versos, pero su voz tampoco puede ser simplemente una más en el coro de los desencantados, inmóviles o desentendidos.

El poeta es, ante todo, el observador apasionado de lo humano. Es el traductor de aquella porfiada esperanza, que nos devuelve nuestro reflejo en el espejo cada mañana. Nada le es ajeno al poeta. Todo le pertenece y lo interpela. Pero no desde el encapsulamiento estéril del diagnóstico académico o el reclamo populista y desbordado de aquellos que han hecho del desencanto su instrumento de lucro electoral.

Así es que, en estas páginas, Gustavo Gac-Artigas nos conduce por aquellos laberintos de la historia en los cuales se fue gestando la dolorosa deshumanización de aquellos constructos mesiánicos o apocalípticos, de la mano de los cuales, hemos asistido al deterioro progresivo de su propia galería de sueños, anhelos y esperanzas.

Entonces, de la mano del poeta, ya no somos solo observadores, sino que nos convertimos en protagonistas de nuestro propio mapamundi, de nuestros propios días y horas. Así, también, es cómo la memoria se transmuta en memorial cuestionador y convocante y permanece.

Es así, de la mano de la poesía, como la Historia en la obra de Gac-Artigas se convierte en pedagogía y memorial, para acompañar nuestra búsqueda y reclamo por todo aquello que aún tenemos pendiente.

Se despliegan en estos poemas, a contramano de los espacios oficiales, canónicos o funcionales, espacios marcados por el signo de la rehumanización y resignificación como telón de fondo, transeúnte intentando convertir cicatrices en senderos.

Nadie se mantendrá a salvo saboreando estas páginas en su recorrido vertiginoso y punzante. El autor lo sabe. Por eso, su memorial culmina con una invitación: “escribe tu primer verso, o el último”.

Desafío para reconocernos, rescatarnos y prolongar nuestro camino e historia en un fecundo abrazo justo y solidario. Como nuestros sueños, como aquello que aún nos debemos y que solo la poesía nos puede anticipar y devolver.

Publicación original https://www.lemondediplomatique.cl/memorial-y-poesia-en-la-obra-de-gustavo-gac-artigas-a-proposito-de-si-lo.html

El manto del silencio

Por Gustavo Gac-Artigas

En su poemario “Si lo hubiera sabido…” (Valparaíso Ediciones) Gustavo Gac-Artigas exploraba los siete mantos del terror: capas sucesivas de miedo, poder y sometimiento que han cubierto al individuo y a la sociedad. En este nuevo texto, “El manto del silencio”, el autor parece añadir un octavo manto, quizá el más inquietante de todos: aquel que no se impone por la fuerza, sino que se teje con nuestras voces selectivas y nuestros silencios cómplices. Más que una ruptura, este texto prolonga y radicaliza esa reflexión, desplazando el foco desde el terror visible hacia la responsabilidad íntima y colectiva de callar selectivamente.

La octava plaga que recorre el mundo y frente a la cual guardamos silencio o proferimos un fuerte grito para ocultar nuestro silencio y nuestra vergüenza.

No se trata de inhumanos degüellos en nombre de una religión o de bombas intentando eliminar a un pueblo; se puede elevar la voz en uno u otro sentido y guardar silencio.

No se trata de elevar la voz cuando se persigue al sin papeles, ilegal buscador de sueños, peligrosa profesión del ser humano; se trata de elevar la voz para ocultar nuestro silencio en el pasado, o nuestro silencio en el presente para expulsarlos de nuestros vecindarios en defensa del valor de nuestras viviendas.

No se trata de oponerse al secuestro de un dictador, aquel que en el pasado despertó nuestras simpatías, se trata del silencio en el cambio de opinión, se trata de que el elevar la voz es selectivo, no es el otro, es mi conciencia, mi voz y mi silencio.

No se trata de elevar la voz frente a los sueños locos de un imperio, se trata del silencio que nos hace cómplices de esos sueños locos.

Se trata de elevar la voz contra uno y guardar silencio cuando ese uno nos involucra.

Se trata de elevar la voz para denunciar la indignidad frente a la cola de lacayos, poderosos lacayos, que uno tras otro vienen a palacio a entregar oro, incienso y mirra para obtener favores del nuevo emperador y guardar silencio frente al nuevo orden mundial en curso, ese del cual formamos parte.

Se trata de elevar la voz celebratoria cuando uno de una minoría gana una elección y guardar silencio por lo que hicimos todo lo posible para detener su ascenso y, de todas formas, lo condenamos a ser la excepción, esa excepción que confirma nuestra vergüenza.

Se trata de la voz que silencia, que se oculta bajo el nuevo manto que recorre el mundo, el manto del silencio

del silencio

en el político

en el poeta

en el perseguido

en el silencio colectivo que da voz al nuevo manto del poder: “y un manto de silencio cubrirá el mundo”, cayendo la ira del déspota sobre nuestras cabezas, silenciándonos para siempre.

¿Para siempre?

Todo manto puede presentar una grieta y el manto del silencio no es la excepción. Los sin voz, aquellos sin rostro, de los que otros sin pertenecer se apropian, levantan su voz.

Siguen sin rostro, siguen siendo golpeados, siguen sufriendo, pero esta vez rompen el manto del silencio.

Son.

Existen.

Tienen voz.

Escuchemos su grito.

*Gustavo Gac-Artigas (1944). Poeta laureado, novelista, dramaturgo y hombre de teatro chileno. Miembro de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), del PEN Chile y del PEN América. Es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE) y académico de la Academia Tomitana y de la Academia Universalis Poetarum.
Autora de la introducción:
Priscilla Gac-Artigas, PhD. Fulbright Scholar, Professor Emerita of World Languages at Monmouth University, NJ, Full Member of the North American Academy of the Spanish Language (ANLE), Corresponding Member of the Royal Spanish Academy (RAE), Member of Academia Tomitana & Academia Universalis Poetarum, Constanza Cultural Ambassador by Fondation Européenne & Académie Internationale Mihai Eminescu.

Pulicación original https://www.todoliteratura.es/noticia/62130/firma-invitada/el-manto-del-silencio.html

LA PROFUNDA VOZ QUE HABITA

Un libro que lleva por título “Si lo hubiera sabido” entra en el tiempo de los recuerdos donde ese pasado irreal recorre el interior del poeta Gustavo Gac-Artigas y del sujeto lírico: “no es él quien se desangra/ es la humanidad”. Este verso agazapado entre versos me llevó a pensar en los motivos de esta vacuidad. El poeta pide por la libertad de sus palabras y eleva todo pedido a la súplica (…) A ti, lector, te pido no te defiendas/ esta historia no te ataca/te suplica.

Hay una voz más profunda y es la de aquel que escribe como salvación: (…) se escribía en secretas páginas”. Todo aquello que se silencia, ruge en los versos y se transforma en un faro con su luz silenciosa recorriendo el mundo: hasta que encierren la última palabra,/enmudezcan el último verso. Es una lucha abierta contra la represión de la libertad de expresión. Una literatura comprometida, una literatura de resistencia ante la cual no habrá silencio.

Gac-Artigas decide universalizar su postura y se puede apreciar una gran densidad lírica en el acto sublime del legado, en una metáfora donde el hecho de narrar se concentra en la palabra pluma, pero con absoluta confianza en el prójimo, ese tú que trasciende todo análisis. Yo te entrego mi pluma/ antes de caminar hacia el olvido/ tú/ yo/ nosotros.

Aquello que late y latirá es la memoria colectiva.

El libro continúa con una yuxtaposición de mantos, una secuencia de entidades distintas que va desde la imagen poderosa de “el manto rojo”, un tinte costoso de combate y que se vincula al derrame de sangre, como bien advierte en el verso citado en el primer párrafo; no es solamente una pérdida, es un acto de martirio que se debate entre dos cuestiones semánticas: colonizar o conquistar con idéntico final: someter.

A pesar del horror, a los pueblos les pertenece la tierra; y es en el manto pardo donde una voz se alza y escribe: (…) quizá el horror nació con nosotros” y enumera los posibles orígenes y desgasta las posibles conexiones.

Con exactitud y precisión las voces se suman y transitan la ceguera del alma que enmudece: (…) el manto rojo, verde, blanco y negro / se vistió de violencia / el lenguaje universal / el esperanto del terror (…)

Difícil seguir respirando por este lado del mundo, parece decir aquel que habla junto al poeta hasta el contrapunto de identidades y entonces “el manto de franjas y estrellas”.

No es la luz de los astros la que iluminan las franjas precisamente, sino una transición en busca de la conquista: (…) cerré las puertas del paraíso/ para preservar al privilegio de los elegidos/ en la tierra bendita de Dios (…)

El cerrar las puertas es una exclusión del “locus amoenus” y también establece una barrera no aleatoria entre lo sagrado y lo profano, sino de protección; ya que si el espacio fuese abierto, implicaría un peligro hacia aquellos que protege. Todo transcurre en un lugar que se considera bendito, quizá por un dios pagano, pues la escritura en minúscula parece indicarlo.

Así llegamos a la lectura de “El manto rojo con destellos dorados”, donde en la metáfora: «Vio la luz en el vientre de la tierra», aparece la idea del regazo maternal porque el cambio acontece desde el centro mismo, desde la necesidad de manifestarse ante el dolor, y prosigue: “La lucha revolucionaria desenrolló su ruta”. Lo gradual, lo desplegado se advierte con un verbo: desenrollar para las luchas sociales por venir.

Gradualmente, Gac-Artigas llega al clímax con el Canto 6 “El manto de las dictaduras cubrió mi continente”. Aquí el manto es oscuridad, es control, es censura que llega con el posesivo “mi”; es una declaración de sentimientos y pertenencia; y, entonces, el manto es la metáfora que ilustra el autoritarismo. Se resume quizá en la personificación: “Los colores gritaban el pasado/ los colores hablaban con orgullo/ somos/seremos/soy”. Dos verbos potentes: gritar y hablar se unen a la historia de un continente y a la identidad manifiesta en el primer tramo de esta lectura: el pasado es de la comunidad y también su historia; pero allí no se queda, sino que se proyecta hacia una existencia futura. Todo se une en “soy”, se resume lo colectivo en lo individual en: memoria, identidad y pertenencia.

En el último canto, “el manto blanco y azul se viste de rojo”. Me pregunto: ¿qué describe el poeta? Quizá hable de una nación, quizá de la pérdida de la inocencia que inicia pacíficamente, pero que finaliza en el rojo.

Se lee: “El silencio grita/grita de dolor/se retuerce en las llamas”. Este oxímoron, donde la ausencia es presencia, donde la paz no es presencia. Aquí el sujeto lírico sostiene al poeta en la herida provocada de su voz interior, un agón que se debate.

El último poema, «El ruego del poeta», lo atraviesa un verso: «Libera tu manto/ antes de que el dolor/ estremezca nuevamente al mundo». Aquello que parecía proteger fue una carga que debe ser abandonada. ¿Será aquella del pasado, la de la identidad o la de la verdad de considerar que existe?

Hay una conexión ineludible entre el lugar del individuo y el destino de la humanidad; y es por ello que, para no entrar en el caos definitivo, el poeta propone que la inercia no contribuye y que el cambio contribuirá a la liberación.

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