Cartas para Kurosawa

Publicado por: Henry Alexander

Cartas para Kurosawa

Sobre Yo también no tengo piernas de Diego Armando Peña

Por Danny Arteaga Castrillón

El cine tiene la poderosa facultad de perpetuar lo imaginado, de otorgarle otras dimensiones a la realidad. Las pantallas, en ese contexto, se asemejan a portales u oráculos, donde se logra la alquimia de materializar lo invisible; de hacernos testigos de un movimiento impulsado por la emoción; de manipular el tiempo y otorgarle otros ritmos; de capturar lo fugaz, lo efímero, lo que nunca ha sido y hacerlo latente. Esto, asumiendo, sobre todo, que esa relación se presenta en la sala de cine, que es donde la hechicería es eficaz, como son más eficaces los rezos en un templo. El poemario Yo también no tengo piernas (2023), de Diego Armando Peña, sucede precisamente en ese hemisferio. Con mayor exactitud, en un intersticio entre el observador y la pantalla, en una franja de oscuridad apenas acariciado por la luz de los fotogramas. Allí se materializa esta poesía que nace del influjo de esa alquimia sobre la palabra y el lenguaje, pero de una que ya trae consigo un material divino, como lo es el cine de Akira Kurosawa.

El poemario atraviesa toda la obra del legendario realizador japonés. Cada poema corresponde a cada una de sus películas, en orden cronológico; aunque no solo con la pretensión de homenajear a Kurosawa o de simplemente trasvasar sus historias a un contenedor poético, sino de retener los efectos íntimos que resultan de la quieta interacción con la pantalla y su luz. Una manera de atrapar el asombro, la emoción y el devaneo que resulta de la experiencia de la espectadora con la obra del artista. Sí, de la espectadora-poeta; no es Diego Armando Peña quien se somete al efecto, sino el personaje que crea para ello: una mujer que desde la sala de cine, con fervor, establece esa relación estrecha y mágica con el realizador, y responde dirigiéndole una serie de cartas-poemas (“Hay demasiada oscuridad en la sala y poco espacio para rezar / pero te escribo una oración”) sobre el dolor, la belleza, el nacimiento, la existencia, la muerte y, por supuesto, sobre las películas mismas.

Todavía no preguntes   Akira

para qué una se apoltrona en una silla oscura

mira tu pantalla

y deglute uno a uno los píxeles que habitas

Todavía no

(“Madadayo – 1993”)

Aunque la lectura de Yo también no tengo piernas no obliga al visionado de los filmes de Kurosawa, sí nos tienta a revisitarlos, a palpar de nuevo el trazo del realizador con su lente, recordar sus obsesiones, sus temas. Tras ello, quizá, hallamos otros contornos en la imagen, otros secretos o murmullos, antes imperceptibles. También el sentido del poema se enriquece cuando recién se ha bebido de la película. Se atestigua, en todo caso, una simbiosis que le otorga al poemario una serie profunda de capas de sentido, que se multiplica además con los ecos intertextuales hacia otros autores, actores, obras, de dimensiones distintas del arte, como el mismo Kurosawa lo evidenció siempre en su cine.

Así, la poeta parece, desde su lugar en la sala, mirar oblicuamente la pantalla y retener un instante, un gesto, un encuadre, un plano que rime con su sentir, susceptible de transformarse en imagen poética y en sentidos más allá de los temas y devenir de las historias. Un zapato y las formas que su huella toma en los versos (“La leyenda del gran Judo”); un bosque andante, desde Shakespeare al Japón feudal (“Trono de sangre”), y que en el poema se convierte en reflexión sobre la quietud y el movimiento; el tránsito del blanco y negro a las miserias del color (“Dodes’ka-den”); los samuráis y su manera de sembrar muerte, junto con ese casi oxímoron de que para morir se requiere la intensidad de la vida (“Yojimbo”, “Sanjuro”)…, así, la poesía se nos va revelando, con cierta espontaneidad, como si las palabras hubieran brotado ahí mismo, en la sala de cine, sin pausa, sin transición, casi con la naturalidad de un pensamiento, iluminadas apenas por la luz de la pantalla cuando brotan del papel.

Me siento en la orilla de la butaca para pescar tus píxeles

      Akira

                  El lápiz me sirve de carnada y el papel de red

(“La nueva leyenda del gran judo – 1945”)

Es esa la manera de la espectadora de retener el espacio fílmico que habita el director, y amasar con ello su propio lenguaje, uno que adquiere el registro del rezo, de la letanía, y que alcanza incluso el fervor calmo y espiritual de la sabiduría oriental, que se hace notar sobre todo en los cierres agudos y delicados de cada poema (“No necesitamos de dios  Kurosawa / basta un aullido humano para sostener el mundo”), también en la interacción con la naturaleza (el árbol, el cucarrón, la oruga, la raíz, el agua… la tierra, sobre todo), donde se percibe cierta pretensión panteísta o de eternidad, que es donde se pone de manifiesto el tema transversal de la obra: la tensión entre la vida y la muerte.

Hay árboles como el balso que cuando van a morir

       [florecen

otros  los talados  para pedir ayuda gritan a todo el

       [bosque con sus troncos como bocas

                                 saben que la muerte es un acto público

(“Sanjuro – 1962”)

En efecto, la voz poética expresa una constante lucha a un mismo tiempo espiritual y terrenal contra la muerte o, mejor, la negación de la muerte o, mejor, una forma de retener la vida o, mejor aún, una manera de nombrar una muerte que se parece a la vida, a una resurrección, a un vuelo eterno. Esa tensión, por supuesto, alcanza al mismo Kurosawa. No solo hay en esta poesía un intento de cazar los ecos de su cine, sino también de retener a su realizador, que gravita como “ave sin piernas” en cada uno de los poemas, y se mantiene así, en un movimiento constante, justo en ese intersticio entre la espectadora y la pantalla, sobre las cornisas del verso, en la vibración de las imágenes poéticas o en la simple pronunciación de su nombre. Incluso ese segundo personaje al final del poemario, la aseadora de la sala, que tras hallar los escritos de la poeta dirige su propia carta a Kurosawa, parece, desde la sencillez de sus palabras, concederle un nuevo impulso de vida al realizador.

¿Qué resulta entonces, como vemos, de esa tensión entre la vida y la muerte?: la inmortalidad, sin duda, que es en últimas la humilde pretensión de esta obra.

Cuando llegue el fin del mundo te será fácil irte

Recostarás tu lomo sobre la brisa  extenderás tus yemas

     [hechas de imágenes

                                            y tocarás los dedos de la tierra

Ella y tú alcanzarán el cielo que ya se habrá unido con el

     [suelo

(“Sueños – 1990”)

Ese efecto, universal, espiritual, poético, no puede tener otro origen más que el mismo proceso de creación de Kurosawa, incluso desde la propia escritura de sus películas. Los poemas de Yo también no tengo piernas, no sobra decirlo, no existirían sin el material de esta filmografía. Por eso me gusta creer que mientras tejía sus fotogramas con ritmo determinista, el realizador tenía el propósito secreto, acaso ingenuo o esperanzador, de sembrar parte de su inmortalidad en los versos de una poeta y de un poeta, de este hemisferio, décadas después. Ella y él, desde la sombra, se limitaron tan solo a elegir con pasión los frutos que aún salpican de la pantalla.

****

RASHOMON (1950)

Nuestras piernas son la lengua de la tierra Akira
Somos parte de una boca que quiere cercenarse la
        palabra
                ¿Cómo vibraría el piso sin nuestras huellas?

Quizá si fuésemos como tú
ave sin pies que no conoce el suelo
el planeta sabría del silencio del reloj

Todos pataleamos o parloteamos al mismo tiempo
la esposa sometida el violador complacido
incluso el asesinado alarga su garganta y cruza la greda
                                                                          para gritar

Aunque la enterremos es bulliciosa la muerte
Tal vez si dejamos caer nuestros pasos al aire y nuestros
                    oídos a la tierra
                    Kurosawa escuchemos el silencio de nuestro mundo

CRÓNICA DE UN SER VIVO (1955)

Hoy amanecí con la vida Akira

Un bebé llora en la sala de cine
Tu anciano entiende que debe llevar a la humanidad a
Brasil para salvarla de las bombas
Tú y yo queremos calmar sus lágrimas
por eso quitamos el polvo del Sahara
drenamos el océano Pacifico y el océano Atlántico
incluso descorchamos una nube
                                            pero el llanto sigue ileso

Hemos sido egoístas de nuevo Kurosawa
El planeta merece salvarse también

El sosiego del recién nacido es inútil
Los otros espectadores preguntan
                  ¿por qué traen niños a una función de adultos?
pero no indagan cómo tirar al desagüe la radiación
o cómo mudar la tierra y en el trasteo refundir las bombas
Necesitaremos contratar un piscador para que separe
                  una a una nuestras células
                                 y les despulpe el plutonio

Tal vez la solución no sea más que estirar los brazos
y mostrarle las palmas al niño para que deje de llorar
           por todos nosotros
Él dormirá a gusto mientras la noche hecha de manos
           madure un mañana sin deformidades
El bebé sigue su llanto

Deberíamos ser sinceros
No hay lugar en que una bomba no se acomode
                                                                   pero hoy no
                   hoy amanecí con la vida     Akira


LA FORTALEZA ESCONDIDA (1958)

La gente se convierte en una oruga para buscar oro Akira
pero no hay noticia de que una oruga se transforme en
persona para manejar un coche

Es verdad que una piedra se oculta entre las piedras y
que un hombre entre los hombres
¿En este caso cómo hace el invertebrado para cargar el
                        ruidoso cuerpo de 206 huesos
                                  [sin que los demás escuchen?

Tal vez el oro enmascarado de leña responda
                                   Algo de metal tiene el bosque

Así a la oruga no le cuesta actuar su humanidad
pues algo de animal rastrero tenemos          Kurosawa
Quebramos el ataúd para reptar la tierra

Publicación original https://www.laraizinvertida.com/detalle-3302-cartas-para-kurosawa

LA PROFUNDA VOZ QUE HABITA

Un libro que lleva por título “Si lo hubiera sabido” entra en el tiempo de los recuerdos donde ese pasado irreal recorre el interior del poeta Gustavo Gac-Artigas y del sujeto lírico: “no es él quien se desangra/ es la humanidad”. Este verso agazapado entre versos me llevó a pensar en los motivos de esta vacuidad. El poeta pide por la libertad de sus palabras y eleva todo pedido a la súplica (…) A ti, lector, te pido no te defiendas/ esta historia no te ataca/te suplica.

Hay una voz más profunda y es la de aquel que escribe como salvación: (…) se escribía en secretas páginas”. Todo aquello que se silencia, ruge en los versos y se transforma en un faro con su luz silenciosa recorriendo el mundo: hasta que encierren la última palabra,/enmudezcan el último verso. Es una lucha abierta contra la represión de la libertad de expresión. Una literatura comprometida, una literatura de resistencia ante la cual no habrá silencio.

Gac-Artigas decide universalizar su postura y se puede apreciar una gran densidad lírica en el acto sublime del legado, en una metáfora donde el hecho de narrar se concentra en la palabra pluma, pero con absoluta confianza en el prójimo, ese tú que trasciende todo análisis. Yo te entrego mi pluma/ antes de caminar hacia el olvido/ tú/ yo/ nosotros.

Aquello que late y latirá es la memoria colectiva.

El libro continúa con una yuxtaposición de mantos, una secuencia de entidades distintas que va desde la imagen poderosa de “el manto rojo”, un tinte costoso de combate y que se vincula al derrame de sangre, como bien advierte en el verso citado en el primer párrafo; no es solamente una pérdida, es un acto de martirio que se debate entre dos cuestiones semánticas: colonizar o conquistar con idéntico final: someter.

A pesar del horror, a los pueblos les pertenece la tierra; y es en el manto pardo donde una voz se alza y escribe: (…) quizá el horror nació con nosotros” y enumera los posibles orígenes y desgasta las posibles conexiones.

Con exactitud y precisión las voces se suman y transitan la ceguera del alma que enmudece: (…) el manto rojo, verde, blanco y negro / se vistió de violencia / el lenguaje universal / el esperanto del terror (…)

Difícil seguir respirando por este lado del mundo, parece decir aquel que habla junto al poeta hasta el contrapunto de identidades y entonces “el manto de franjas y estrellas”.

No es la luz de los astros la que iluminan las franjas precisamente, sino una transición en busca de la conquista: (…) cerré las puertas del paraíso/ para preservar al privilegio de los elegidos/ en la tierra bendita de Dios (…)

El cerrar las puertas es una exclusión del “locus amoenus” y también establece una barrera no aleatoria entre lo sagrado y lo profano, sino de protección; ya que si el espacio fuese abierto, implicaría un peligro hacia aquellos que protege. Todo transcurre en un lugar que se considera bendito, quizá por un dios pagano, pues la escritura en minúscula parece indicarlo.

Así llegamos a la lectura de “El manto rojo con destellos dorados”, donde en la metáfora: «Vio la luz en el vientre de la tierra», aparece la idea del regazo maternal porque el cambio acontece desde el centro mismo, desde la necesidad de manifestarse ante el dolor, y prosigue: “La lucha revolucionaria desenrolló su ruta”. Lo gradual, lo desplegado se advierte con un verbo: desenrollar para las luchas sociales por venir.

Gradualmente, Gac-Artigas llega al clímax con el Canto 6 “El manto de las dictaduras cubrió mi continente”. Aquí el manto es oscuridad, es control, es censura que llega con el posesivo “mi”; es una declaración de sentimientos y pertenencia; y, entonces, el manto es la metáfora que ilustra el autoritarismo. Se resume quizá en la personificación: “Los colores gritaban el pasado/ los colores hablaban con orgullo/ somos/seremos/soy”. Dos verbos potentes: gritar y hablar se unen a la historia de un continente y a la identidad manifiesta en el primer tramo de esta lectura: el pasado es de la comunidad y también su historia; pero allí no se queda, sino que se proyecta hacia una existencia futura. Todo se une en “soy”, se resume lo colectivo en lo individual en: memoria, identidad y pertenencia.

En el último canto, “el manto blanco y azul se viste de rojo”. Me pregunto: ¿qué describe el poeta? Quizá hable de una nación, quizá de la pérdida de la inocencia que inicia pacíficamente, pero que finaliza en el rojo.

Se lee: “El silencio grita/grita de dolor/se retuerce en las llamas”. Este oxímoron, donde la ausencia es presencia, donde la paz no es presencia. Aquí el sujeto lírico sostiene al poeta en la herida provocada de su voz interior, un agón que se debate.

El último poema, «El ruego del poeta», lo atraviesa un verso: «Libera tu manto/ antes de que el dolor/ estremezca nuevamente al mundo». Aquello que parecía proteger fue una carga que debe ser abandonada. ¿Será aquella del pasado, la de la identidad o la de la verdad de considerar que existe?

Hay una conexión ineludible entre el lugar del individuo y el destino de la humanidad; y es por ello que, para no entrar en el caos definitivo, el poeta propone que la inercia no contribuye y que el cambio contribuirá a la liberación.

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