La experiencia global del ser humano, en cuanto desafío y proyecto, está marcada por la pulsión existencial entre el horizonte de lo anhelado y la experiencia cotidiana de contingencia, que lo habita y lo condiciona.
Somos transeúntes de aquel espacio mayor: la historia individual y colectiva, que nos convoca y nos cuestiona en nuestra vivencia cotidiana, más allá de imaginarios metafísicos u horizontes metahistóricos. En cada uno de los ámbitos de la existencia esta tensión nos moviliza, en orden a generar y habitar paisajes diferentes vinculados a lo humano en sus expresiones más profundas y vivificantes.
En este paisaje mayor la búsqueda poética y la autoconciencia de todo creador, anhelan trascender la estética particular o encapsulada, para revelarse como cuestionamiento, propuesta y desafío colectivo.
De este modo, es cómo la poesía logra descubrir y tocar aquellas fibras adormecidas del transeúnte de nuestros días, cuya sombra adorna los atardeceres en tantas ciudades del mundo, y se alza ante el paisaje con aquella violenta ternura propia de lo inconcluso y desafiante.
Esta suerte de epifanía es la que permite a la poesía operar como una verdadera revelación profana, en el camino y el horizonte de las cosas que se alzan ante el sujeto, muchas veces indefinidas, otras tantas como bosquejos o simples siluetas…
lo sé
el verso se supone cura, alivia el alma,
supera el dolor,
pero hay veces en que el verso se desangra,
sufre,
tiempos en que la infamia es tan grande que
lo alcanza y el poeta no puede callar…
Así nos advierte Gac-Artigas desde el inicio de esta nueva gran obra, Si lo hubiese sabido… que hoy presentamos, ciertos de que en ella no solo navegaremos por las llanuras, abismos y sinuosidades a las que el autor nos suele conducir en cada una de sus propuestas poéticas.
En esta ocasión estamos ante textos para ser leídos y transitados con la mirada atenta del pionero, pero también con el teorema de un largo viaje, colmado de vida y asombro. Es aquella zona de pasión humana y por lo mismo literaria, en la que nos podremos reconocer y también habitar, como quien en medio de las horas, aún encuentra tiempo y cobijo para el otro.
En esa zona literaria y riesgosa por definición es que estas páginas reivindican para sí la posibilidad de otorgarnos una experiencia no solo estética, sino por sobre todo profundamente humana, por medio de la cual somos capaces de experimentar el asombro como parte y equipaje, de nuestra propia identidad. Es la latencia de este tono poético, que tan bien refleja y recrea en su conjunto y en cada uno de sus siete Cantos, la que desnuda ante nosotros la Historia del siglo XX, y la despliega a modo de sinopsis, herida y doliente, así lo canta el autor:
a ti, lector,
te invito a viajar por este mapamundi del horror
a ti,
inmolado,
perdóname por sacarte del olvido
a ti,
mi hermano, dame tu fuerza
yo te entrego mi pluma
antes de caminar hacia el olvido
yo, tú, nosotros…
En medio de esta travesía, el poeta apuesta por la vigencia de lo humano como código y brújula de todo aquello que se alza por sobre lo cotidiano, para unir su mirada a la de aquellos que han permitido sostener la esperanza y la artesanía de un mundo nuevo y urgente.
En esta suerte de viaje iniciático, la poesía revela, denuncia, pero también extiende ante nosotros la alquimia generosa de la palabra, ante el crepúsculo de todos aquellos megarrelatos que, de alguna u otra forma, han moldeado lo que somos y en algunos casos, lo que aún soñamos.
“El poeta no puede callar”, se nos advierte al inicio de este viaje y de estos versos, pero su voz tampoco puede ser simplemente una más en el coro de los desencantados, inmóviles o desentendidos.
El poeta es, ante todo, el observador apasionado de lo humano. Es el traductor de aquella porfiada esperanza, que nos devuelve nuestro reflejo en el espejo cada mañana. Nada le es ajeno al poeta. Todo le pertenece y lo interpela. Pero no desde el encapsulamiento estéril del diagnóstico académico o el reclamo populista y desbordado de aquellos que han hecho del desencanto su instrumento de lucro electoral.
Así es que, en estas páginas, Gustavo Gac-Artigas nos conduce por aquellos laberintos de la historia en los cuales se fue gestando la dolorosa deshumanización de aquellos constructos mesiánicos o apocalípticos, de la mano de los cuales, hemos asistido al deterioro progresivo de su propia galería de sueños, anhelos y esperanzas.
Entonces, de la mano del poeta, ya no somos solo observadores, sino que nos convertimos en protagonistas de nuestro propio mapamundi, de nuestros propios días y horas. Así, también, es cómo la memoria se transmuta en memorial cuestionador y convocante y permanece.
Es así, de la mano de la poesía, como la Historia en la obra de Gac-Artigas se convierte en pedagogía y memorial, para acompañar nuestra búsqueda y reclamo por todo aquello que aún tenemos pendiente.
Se despliegan en estos poemas, a contramano de los espacios oficiales, canónicos o funcionales, espacios marcados por el signo de la rehumanización y resignificación como telón de fondo, transeúnte intentando convertir cicatrices en senderos.
Nadie se mantendrá a salvo saboreando estas páginas en su recorrido vertiginoso y punzante. El autor lo sabe. Por eso, su memorial culmina con una invitación: “escribe tu primer verso, o el último”.
Desafío para reconocernos, rescatarnos y prolongar nuestro camino e historia en un fecundo abrazo justo y solidario. Como nuestros sueños, como aquello que aún nos debemos y que solo la poesía nos puede anticipar y devolver.
