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LA HABITACIÓN AL FONDO DE LA CASA. DE JORGE GALAN.
Comentario para el Club de Lectura MARDELEVA.
La novela se inicia con el Caminante, el que fue llamado Hijo, Bicho, Hombre, Cuentista y Anciano. Un hombre conformado por todos los que fue, y que muere en un acto de creación, un acto mítico, por el que engendra al hijo que dará inicio a la estirpe.
Una estirpe marcada por la soledad, el dolor y la muerte pero también por el amor y la esperanza. La estirpe del caminante se hace historia. Las historias que Magdalena, una anciana que se extingue lentamente en la penumbra, cuenta a su nieto. La memoria de una saga, de un pueblo, la memoria por la que somos y nos reconocemos, por la que todo vuelve a empezar porque como nos dice el nieto, el último hombre “también era el primero”.
Las historias pasan de generación a generación, siguiendo la tradición oral: Magda escucha fascinada las historias que le cuenta su abuela, y que ella contaría a sus hijos y nieto, oírlas era como sumergirse en los libros pero con la ventaja de que las historias de la abuela eran verídicas (105), a pesar de ser “un legado de historias fantásticas” (124)
A través de pequeños relatos, como piezas de un precioso mosaico, nos va introduciendo en dos realidades, en dos tiempos, el antes y el ahora atravesando toda la novela como dos mitades de una misma cosa. Y como augurio de esta fractura, la novela comienza con una frase rotunda:
“Un grito indefinible cortó la noche en dos mitades” En dos tiempos, el antes mágico, el de los espantos y los milagros y el ahora descreído y real. Como le dice Magdalena, la maga, la contadora de historias, a su nieto “nunca me crees nada” y es que cuando el corazón se llena de oscuridad (110) y la vida se convierte en algo terrible se deja de creer.
“Soy una maga, me repite, y aunque la escucho con una atención incansable, monótona, sin límites, sé que ella se da cuenta de que no le creo ni una palabra” (43)
Y un poco más adelante dice Magdalena al nieto:
“…te cuesta creer en las cosas, eres como toda la gente de estos tiempos…” (92)
El tiempo es un elemento muy importante en la novela.
El tiempo es una presencia, lo sentimos en la duplicidad que permite la magia:
-Magdalena y su nieto viven en un tiempo pero pertenecen a otro: “sentado sobre un sillón de tela roída en la penumbra de la última habitación de una casa donde todo pertenecía a otro tiempo, incluso ellos mismos” (52).
-Hay dos tiempo y solo en uno todo es posible: “en ese tiempo que te digo todo era posible y ahora ya no es posible nada porque todo se borró” (92)
Y en el borrar sentimos su transitoriedad, todo termina, “hay felicidades que no tienen regreso” (129); apenas llegamos a ser cuando ya hemos sido. Con el tiempo todo se convierte en recuerdos. “Todo terminara siempre por perderse” (169)
También desaparece la coherencia lineal del tiempo, pasado, futuro y presente se alternan o se funden a su antojo. A veces el narrador, convertido en personaje, nos habla en presente y nos hace cómplices pasivos de las historias como si estuviésemos en la habitación escuchándolo, eternizando el ahora en cada nueva lectura.
El tiempo de lo insólito, lo extraordinario, es también el de las supersticiones, las supercherías, las maldiciones, los embrujos, el fanatismo religioso, la violencia, la muerte y la soledad como último destino.
Aunque nada escapa al destino, ni los mundos reales ni los inventados, en la novela, no es solo una fuerza desconocida que obra sobre los hombres y los sucesos. El destino es, también, la llegada a un lugar último o al amor. Por ello Doña Prudencia no tiene líneas en las palmas de las manos, ella no tiene destino, ella no tiene un lugar o un corazón en el que quedarse para siempre, ella pertenece al viento frío del norte.
Escribir es imaginar y cuando la realidad consiste en sobrevivir, la imaginación, por un momento, nos salva. Creer en lo insólito da esperanza. Un tiempo en el que todo es posible:
Las hermanas que vuelan como símbolo de pureza. El niño milagroso, cuya tragedia es el resultado del fanatismo o de la desesperación por creer en promesas que nunca llegan a cumplirse. La aparición de los tres niños. El poder maligno de Magdalena que despierta al escuchar las palabras mágicas, que son:
“No te vayas a ir sin limpiarme la mierda que me dejó tu animal en la grama.”
No es la magia que se espera, son palabras vulgares, todos hemos escuchado algo similar, cosas sin importancia que nos altera y provoca una respuesta desproporcionada. El rey Midas deseó que todo cuanto tocase se convirtiera en oro, no midió las consecuencias de su deseo y se convirtió en una especie de inválido que no podía ni tocarse a si mismo. El poder de Magdalena al principio parece maravilloso, pero termina siendo más terrible para ella misma que para los demás. Magda se siente atrapada en la maraña de un poder del que no puede liberarse.
Otra manifestación de lo mágico son los sueños: el Anciano y Vicente sueñan con ángeles cuando el amor les llama. Los sueños premonitorios de Magdalena (66). Don Ignacio que espera su milagro por un sueño que tuvo de juventud (73)
Las acciones de los personajes adquieren una connotación mágica cuando son el cumplimiento de un sueño: Magda “…decidió enfrentarse a su destino, como en su sueño, porque todo lo había hecho como en su sueño” (117). Prudencia “…yo soñé con usted y por eso vine”(165)
Esta realidad insólita, fantástica, nos recuerda el llamado realismo mágico. Pero hay una diferencia. Una de las características del realismo mágico, es que los sucesos extraordinarios forman parte de lo cotidiano, nadie se asombra, no se ocultan, porque hay una continuidad entre lo real y lo irreal, no hay una ruptura entre ambos espacios. En la novela de Galán, los personajes, sí ocultan sus poderes, temen no ser comprendidos y además hay una cierta ruptura pues aunque el espacio sea el mismo, el tiempo no lo es. Constantemente tenemos la percepción de dos tiempos el mágico y el real.
Lo religioso también tiene una gran presencia en la novela. Los diversos personajes creen a su manera, adaptan la religión a lo cotidiano, a sus necesidades. Por eso doña Marcela le dice a su marido: (él solo toma cosas frías para desayunar)
“… ¿es que no ves el frío que hace?….por eso te hice mejor el chocolatito caliente, no seas desagradecido, mira que Dios se fija en esas cosas”
Hay numerosas referencias a la mitología cristiana: el niño que anda sobre el agua como lo hizo Jesús. La mujer que concibe sin conocer varón como la virgen María. Los niños que llegan por el río como Moisés en la canastilla. Ignacio Sánchez, al igual que Jesús en la cruz, dice “¿Por qué me abandonaste, por qué…?” 89
También nos habla del destino irrelevante de las mujeres, condenadas vivir a la sombra del hombre, o del destino trágico como las mujeres fantasmales que esperan sin esperanzas, y como unas niñas se rebelan contra ese destino al jurar que jamás serían ni unas amargadas ni unas beatas 68
Por último, cuando terminé de leer “la habitación al fondo de la casa” me pregunte a qué olía una novela en la que el sentimiento, la emoción, la espera o incluso la oscuridad huelen.
A Genaro Alberto le vino el amor cuando se le llenó la cabeza de un olor desconocido, Vicente fue concebido bajo el aroma de los jazmines silvestres. La tristeza olía a crisantemos 116. Cada calle tiene su propio olor, una huele a urinario, otra a mar, otra a rosas…. En La habitación donde Magdalena cuenta sus historias, huele a sudor y a medicina, en una “casa con olor a excrementos de gatos y a oscuridad, porque la oscuridad se ha densificado, ha adquirido forma, peso, olor…”196
No sé a qué huele esta novela, pero me gustaría creer que a algo dulce como el beso torpe e inesperado, el que Magdalena recordó toda su vida y le supo a dulce de conserva. Porque las cosas sencillas como el sabor del coco y el chilacayote en unos labios, “es lo que permanece para siempre” 120
Dice Almudena en el prólogo, que la escritura de Jorge Galán, es “sabia, limpia y tersa”, yo añadiría, ágil, fluida y poética. Leemos sin notarlo, dejándonos llevar por historias que nos conmueve, nos intriga, nos hace sonreír o se nos cae alguna lágrima.
Es una novela que no solo entretiene sino que enseña, transmite mensajes, nos hace pensar sobre la amistad, el amor, el paso del tiempo y preguntarnos ¿qué hacer con lo vida? ¿Quiénes somos?
Es una novela extraordinaria que nos habla de una época en la que los amores lo eran para siempre, lo mágico formaba parte de la vida, y los jazmines salvajes “parecían hechos de agua llovida” (46)
Juana Macías Moreno.
10/1/2014
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JORGE GALÁN. Poeta y Escritor, Nació en San Salvador, El Salvador, 1973. Licenciado en Letras por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). Ha obtenido varios premios literarios a nivel nacional e internacional.
Premios Obtenidos:
Os dejamos aquí una nueva reseña sobre la novela de Jorge Galán, La habitación al fondo de la casa, publicada en Culturamas.
Diario de Córdoba publica la reseña que sobre el poemario Sarajevo, de Izet Sarajlic, ha escrito Francisco Onieva. El enlace, aquí.
José Luis Morante ha publicado en su blog esta reseña de Sarajevo, de Izet Sarajlic. Puedes verla aquí
Aquí dejamos el enlace a una de las primeras reseñas aparecidas sobre la nueva novela de Jorge Galán, La habitación al fondo de la casa, publicada por Valparaíso Ediciones.
Reseña del poemario Fracaso de Tánger, de Alfonso Armada, aparecida en El Cultural el viernes 8 de noviembre, por F. Javier Irazoki.
Presentación en San José de la colección Valparaíso de poesía y de A ella le gusta llorar mientras escucha The Beatles, de David Cruz.
Presentación en Granada del libro de Piedad Bonnett, Tretas del débil, por Trinidad Gan.
Tretas del débil: juego y música en Piedad Bonnett
Trinidad Gan
La primera vez que tuve entre mis manos este libro de poemas de Piedad Bonnett, publicado por Valparaíso Ediciones, me quedé atrapada, como la abeja de la carátula, en la celdas de memoria que me abría su título: Tretas del débil. Así reunidas, la palabra “treta” abandonaba su tinte de engaño aunque seguía conservando su alerta de combate y se deslizaba más bien hacia la frontera de la maña, de la ficción, del truco. Y la palabra “débil”, extrañamente, quebraba su matiz de fragilidad para en su lugar mostrarme el contundente centro que habita en las cosas sencillas. Así juntas estas dos palabras desnudaban, ya en el título, la glosa de una doble supervivencia: la de la poeta que escribe y la de aquel lector que viene a acercarse a sus poemas.
Abierto el libro, los primeros versos parecían llevarme a recorrer de nuevo el dulce territorio de la niñez y deseé volver a la simplicidad de los juegos infantiles, a aquellos instantes en que los días eran como la superficie lisa, luminosa, de una página en blanco. Pero quizá fue precisamente entonces cuando pusieron el artefacto de la vida en nuestras manos, cuando, plegando sus esquinas por varias partes, hicieron de esa página un incómodo papel doblado. El mismo papel que, como en aquel juego del cuadrado con palabras y colores -¿recordáis?-, tuvimos que aprender a usar, abriéndolo y cerrándolo sin fin, en busca de preguntas y respuestas.
Quizá fue ya entonces cuando sentimos el vértigo, como nos dice Piedad:
“Sentía el vértigo de aquel inverso mar, su escalofrío”
Y era un vértigo que tratábamos de conjurar con palabras, primero repitiendo “Palabras iniciales” (título de la primera parte del poemario) para que volviera a nosotros la ternura olvidada y reencontrada en los sueños, probando luego palabras mágicas, como ella señala:
“y las palabras mágicas
y las palabras mágicas que intento todavía”
Aunque insistir en este conjuro nos venga a traer, desde puertas que ya creíamos cerradas, los gestos crueles que dejaron las perdidas o los exilios vividos, así de desnudos en estos versos de Piedad:
“el llanto de un adulto es una piedra
en la espalda silenciosa de un niño”
Al pasar las páginas de este libro tal vez alborote nuestro mecánico juego otra canción más salvaje, el eco de alguno de los temas con que la noche traspasó nuestra juventud, la espuma de aquellas pasiones que nos hicieron y deshicieron como a un grafito en la arena. Pero será una música desgarrada, como una aguja insistiendo en un vinilo, la que encontraremos en muchos de los poemas de “Lugares comunes”, segunda parte del libro, donde los retratos de lo cotidiano (con su violencia e incertidumbre. con su miedo y su hoguera) viajan hasta nosotros recortándose contra el paisaje de la ciudades, construyendo en cada verso la imagen en negativo de la mujer que los escribe.
Una mujer que anota sus dudas sobre la verdad de su escritura, como en los versos descarnados del poema “Quizá diría”, que repasa éxodos y regresos en su “Hijo pródigo”, que incluso detiene su mirada en la fuga que compone un pájaro, que sabe cultivar belleza a costa de la sombra, como leemos en “Rosas”:
“Con el estiércol que arrojan a mi patio
abono yo mis rosas”
y que resume todos sus naufragios en el, para mí, imprescindible poema “Oración”.
Ahora que quizá hemos arrugado y casi tratado de arrojar lejos, tantas veces, ese papel artificioso de la vida y que hemos vuelto otras tantas veces a recomponerlo buscando la música precisa para el juego, esperando que se abriera en el color deseado, tal vez sea el momento de hacer un alto y balancear la vida. Es el minuto preciso para cambiar de juego, para jugar las Tretas del débil. Porque es al llegar a esta tercera parte del libro cuando escuchamos esa música de fondo, de viento y llama, también de silencios, que va a dejar, sobre nuestro paisaje interior, nota a nota, flotando la palabra muerte, la palabra amor, la palabra tiempo. Aquí está el instante justo para sentir el tacto de “Un poema sin nubes” donde leemos:
“debajo de mis párpados alumbra un par de soles
y un cielo de memoria”
o descubrir, citando títulos de algunos de sus poemas, como “Los hombres tristes no bailan en pareja”, incluso la certeza de que es posible una “Dicha animal” aunque al “Final de partida” sepamos el corazón, en palabras de Piedad:
“una hoja de papel que puesta al fuego
revela un desteñido caligrama”
Cuando cerremos el libro nos encontraremos repitiendo una música callada, esa sorprendente música de la poesía de Piedad que parece, acomodada a cada uno de nosotros, guiarnos en fuga de todas las cuadrículas, como un hilo de luz atravesando las páginas.
Porque en sus versos que huyen de cualquier grandilocuencia, que parecen recados de una voz cercana dejados al oído con un susurro, ella nos ofrece, ahora, el aire necesario para que podamos finalmente desplegar, alisándolo, el cuadrado de papel de nuestra rutina, de nuestra furia, de nuestra soledad y, quizá así, redescubrir de nuevo, al trasluz de sus palabras, un día abierto. Y la esperanza.