Nuevo 247. Los monstruos que nos miran desde el cielo Aumentar

247. Los monstruos que nos miran desde el cielo

978-84-18694-07-3

La obra de Jaime Jordán Chávez es un evento notable en el panorama de la poesía latinoamericana actual. Su poesía campea los rincones oscuros de nuestros tiempos, y los arrastra hasta los ojos de los lectores: admirados nos dejamos conducir por una voz nueva, potente, que nos revela un dolor del que somos partícipes, pero que no siempre nos atrevemos a nombrar. Los monstruos que nos miran desde el cielo tiene esa cualidad que celebramos en autores como Pacheco, Dalton, Gelman: pone el dedo en las llagas abiertas de América Latina, denunciando horrores a los cuales, equivocadamente, hemos decidido acostumbrarnos.

En estos tiempos de pólvora y cuchillo, la obra de Jaime Jordán Chávez se inserta como una llamada de auxilio, el prodigioso rugido de generaciones resentidas con la patria que mata a sus estudiantes, a sus mujeres, a sus hijos, el México que se prolonga de norte a sur en una sola llamarada de sangre. Pero aun la rabia y la desolación, dice el poeta, pueden transformarse en una oportunidad para la esperanza: “cuando me golpeaban de niño/de los moretones de mi cara nacían flores y plantas/ que yo arrancaba y ocultaba bajo mi brazo/para que nadie nunca las viera”.

 

Hiram Ruvalcaba

 

Autor:  Jaime Jordán Chávez
ISBN:  978-84-18694-07-3
Encuadernación: Rústica con solapas
Páginas:  82
Dimensiones: 13.5 cm x 21 cm

Mas detalles:

12,00 €

MÚSICA PARA DUENDES

Sueño ser un árbol que sueña ser un hombre.

Esparzo en el aire polvaredas que cambian de forma

y aquietan a las adelfas enloquecidas

de mi conciencia dispersa.

Tallo este silencio apesadumbrado

hasta que sea imperfectamente perfecto

como una nube con la forma de tu sonrisa

sirviendo de almohada para el sol.

Hábito el río de la palabra

nado contra las corrientes,

me alejo de mí para encontrarme más.

Vivo y ni mi rostro me acompaña

y ni mi sendero quiere mis pasos,

nadie en esta tierra me entiende

soy un duende entre pavos reales,

ojalá tuviera un sombrero para ocultar mi locura,

pero no venden sombreros así.